Melilla celebra este 17 de septiembre su día, una fecha que invita a mirar a una historia que se remonta a finales del siglo XV y que explica buena parte de la identidad y del patrimonio que conserva hoy la ciudad.
En septiembre de 1497, una expedición dirigida por Pedro de Estopiñán, contador del duque de Medina Sidonia, ocupó Melilla y se instaló en el interior de las fortificaciones medievales existentes. Meses después, en abril de 1498, los Reyes Católicos encomendaron formalmente la tenencia de la plaza al duque de Medina Sidonia.
La llegada castellana se produjo en un momento de expansión hacia el Mediterráneo y el norte de África, pocos años después del final de la Reconquista y en pleno proceso de delimitación de las áreas de influencia de las coronas ibéricas. Por su posición frente al litoral norteafricano, Melilla adquirió desde entonces un importante valor estratégico.
Uno de los primeros objetivos tras la ocupación fue reforzar sus defensas. Las tropas españolas reconstruyeron y ampliaron las antiguas murallas a partir de las estructuras existentes, iniciando un proceso de fortificación que se prolongaría durante siglos. De aquella evolución procede buena parte de Melilla La Vieja, cuyos recintos, baluartes, fosos y fortificaciones constituyen hoy uno de los principales elementos del patrimonio histórico de la ciudad.
La relación entre Melilla y su condición de plaza fortificada ha marcado profundamente su evolución. Durante más de cinco siglos, sus defensas fueron adaptándose a las distintas necesidades militares y a los cambios en las técnicas de guerra, dejando una huella todavía visible en el paisaje urbano.
Hoy, el 17 de septiembre está reconocido oficialmente como Día de Melilla y constituye una de las festividades locales de la ciudad. Más allá de la efeméride, la jornada sirve para recordar una trayectoria histórica de más de quinientos años y poner en valor una ciudad marcada por su posición entre Europa y África, su vínculo con el Mediterráneo y la convivencia de distintas culturas.
Celebrar el Día de Melilla es, por tanto, una oportunidad para conocer su pasado, preservar un patrimonio singular y proyectar hacia el futuro una historia que continúa formando parte esencial de la identidad de la ciudad.
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